Natura xilocae

Journal of observation, study and conservation of Nature Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal de l'observation, l'étude et la conservation de la nature et des Terres de Jiloca Gallocanta (Aragon) / Journal der Beobachtung, Erforschung und Erhaltung der Natur und der Lands Jiloca Gallocanta (Aragon) / Gazzetta di osservazione, lo studio e la conservazione della natura e Terre Jiloca Gallocanta (Aragona) / Jornal de observação, estudo e conservação da Natureza e Jiloca Terras Gallocanta (Aragão)

martes, 11 de julio de 2017

POR EL VALLE DEL RÍO SANGUSÍN: VACAS, FRESNOS Y ROBLES

Tenía todo un sábado por delante para recorrer el sur de la provincia de Salamanca. El objetivo era ver paisajes, conocer el territorio y, si había tiempo, pasear por algún espacio natural.  Pero había que ir ligero que aquello es muy grande. No sabía si quiera dónde iba a dormir. Poca información previa, tan solo tres referencias: Béjar, la sierra de Francia y Ciudad Rodrigo. 

Y, para hacer una buena ruta naturalista, la mañana ya empezaba mal. Pasaba por Béjar. ¿Cómo no iba a entrar y recorrerla? Mañana fresca, los abuelos y los veraneantes recién llegados con chaqueta y su acento madrileño. Agradable paseo por el casco viejo de esta histórica ciudad, algo venida a menos tras la crisis de la industria textil. Merece la pena callejear a esta hora. Hago acopio de vino, pan, queso y embutido para comer estos días y llevar algún recuerdo. Y de información turística de la zona que pienso visitar. Te alegra ver que el turismo de naturaleza también comienza a arrancar por estas tierras ...

Cojo el coche y tras remontar y dejar el valle del río Cuerpo de Hombre (¡cuidado con el topónimo!) me encuentro con una dehesas de fresnos (Fraxinus angustifolia) claramente trasmochos y en plena gestión, aún cerca de la ciudad de Béjar. Alguna vivienda de segunda residencia en las fincas. El propietario, muy amable, no parece muy vinculado con el aprovechamiento ganadero pero conoce la gestión y el uso de estos árboles. En cambio, no me da razón de los marojos (a los que llama robles) que salpican la dehesa.


Sigo por la carretera. Un par de curvas. Y nueva dehesa de fresnos trasmochos. En realidad, son pastos salpicados de bosquetes y de árboles aislados. Con un gran ganado de vacas negras avileñas descansando sobre el prado, este año precozmente agostado.


Y, un detalle, grupos de marojos (Quercus pyrenaica) podados dejando algunas ramas gruesas dispuestas en distintas direcciones. Gestión activa. Esto se pone cada vez más interesante. No estamos hablando de arqueología etnoforestal. Estamos hablando de una cultura viva.

Para los naturalistas la dehesa es una maravilla pero tiene un gran inconveniente. Suelen tratarse de fincas privadas y cercadas cuyo acceso está restringido. Y, salvo que conozcas a los propietarios, te tienes que quedar viéndola desde fuera. Aún así merece la pena.

Lo tenía claro. Se trataba de coger el primer camino franco y seguirlo. Y no tuve que esperar. Tras superar unos suaves montes descendí a un valle muy abierto: el del río Sangusín. Al poco di con el Camino Real de la Calzada Real de Béjar. Yo no lo sabía, pero era justo lo que iba buscando.


Bajo un dosel de ramas de fresnos me fui internando por el camino ...


Muros de piedra seca construidos con bloques de granito. Muros conservados con detalle, como pude comprobar. Un par de ganaderos dedicaban la mañana a reparar un trozo con ayuda de un tractor.


Muros que ayudan a organizar la gestión del pasto. Pero, al tiempo, muros llenos de vida. Estos kilómetros de muros son, también, un patrimonio construido por generaciones y generaciones de ganaderos. Un monumento que no es recogido en las guías turísticas.

Y es que el granito aflora en estos piedemontes del sistema Central. Bueno en realidad los monzogranitos. Esto es, aquellos granitos que tienen una proporción similar de feldespatos alcalinos y de plagioclasas, además de cuarzo y de mica biotita.


Granito que formaba suaves relieves y, al meteorizarse, liberan cantos y cristales de los minerales que lo componen creando mantos de arenas y limos. Sobre estos materiales sueltos, de origen aluvial y coluvial, prosperarían en su origen marojales y fresnedas, con su corte de arbustos y herbáceas silicícolas. Estos suelos son demasiado poco fértiles para tener un aprovechamiento agrícola. Tienen una clara vocación ganadera. Esto se aprendió muy pronto y en ello se está.

En amplias zonas, el pasto era abierto, desarbolado.


En otras, se agrupaba el arbolado formando bosquetes, sobre todo de fresno pero también de marojo.


Las más de las veces, se intercalaban desordenadamente los árboles entre el pasto.


Algunas vacas pacían en el seco pasto. Tranquilas, ajenas al paso de las horas ...


Las más, sesteaban bajo la sombra de los fresnos ...


Los estorninos negros, con el plumaje mudado, revoloteaban junto a las vacas, sobre todo cuando estas caminaban sobre la hierba. Iban delante de ellas, capturando los insectos que levantaban a su paso los enormes rumiantes.

Y en esas estaba cuando observé a un ganadero que, pozal en mano, estaba junto al muro y al camino. Era la ocasión de saber más. Se llamaba José Antonio y era el propietario, junto con su hermano, de varias dehesas de esta parte del valle de Sangusín. Esperaba encontrar el trato distante de un encargado de finca. Todo lo contrario.

Yo fui a lo mío. La gestión de los árboles trasmochos. Los fresnos eran podados a turnos de veinte años. Los cortaban al final del verano, cuando ya el pasto escaseaba. 


Antaño con hacha y sobre la cabeza del árbol, hoy en día con motosierra, las más de las veces desde el suelo y empleando ya una pértiga para acceder a la rama. Como en nuestra tierra, los mayores sostienen que la cadena de la máquina quema la rama dificultando el posterior rebrote. El corte se hace aquí sin apurar a la cabeza del árbol, dejando un par de dedos para que haya corteza joven con yemas para formar nuevas ramas. Pero sin dejar más rama vieja, pues generalmente se seca ese tramo largo y, al descomponerse su madera, favorecen la podredumbre de la cabeza del árbol. 

Me contaba José Antonio que el corte debía dejar una superficie ligeramente convexa para favorecer que el agua escurriera y evitar así la entrada de hongos por la superficie de corte. Es más, él suele realizar un corte plano a unos 30 cm por encima de donde desea dejar el corte definitivo. Y, ya sin la molestia de la rama, dar el segundo corte, este con la curvatura convexa, produciendo tras ello un tarugo. 


Se trataba, a toda costa, de evitar la descomposición del duramen del fresno. De evitar que se "cariara". 

Me decía que eran árboles muy antiguos. Me mostraba un fresno de unos 60 cm de diámetro normal de tronco asegurándome que tendría unos 400 años. No lo sé. Él no había observado cambio alguno en el diámetro en sus cincuenta años de vida. 

La madera tenía mala salida. Las ramas de veinte años ya tienen cierto diámetro y ya contienen algo de madera. A pesar de ello, no conseguían resultar de interés para los maderistas, ni -de momento- para la industria del pellet. Él las aprovechaba como combustible doméstico, ofreciendo la restante a los vecinos.

Le concedía una gran importancia a los fresnos trasmochos. No eran un relleno en el paisaje. Un ornamento en la finca. Era consciente de que habían formado parte del sistema de producción desde hace siglos y así debía seguir ocurriendo en el futuro. Y, también reconocía que estos árboles no se improvisan, que había que cuidarlos y podarlos con esmero para mantenerlos en el tiempo.


Se lamentaba de la penalización que recibía la presencia de árboles en las subvenciones a la superficie de pastos diseñada por la Política Agraria Comunitaria. La proyección de la copa de los árboles queda excluida como superficie de pasto a efecto de las ayudas. Los burócratas que definen las políticas agrarias europeas desconocen que, aunque menos, el pasto crece bajo los árboles y, además, lo hace unas semanas después que a cielo abierto, algo muy importante en entornos mediterráneos donde el pasto se agosta rápido. Pero, además, parecen ignorar que el ramaje aporta un forraje de gran interés. Y, por supuesto, el gran valor ambiental -por no decir el cultural- que presentan estas formas ancestrales de gestión de los montes.


Se lamentaba, sobre todo, de que los políticos castellano-leoneses no supieran defender estos argumentos en Bruselas.

En un año normal, la hierba se siega al final de primavera y se recoge para el invierno. Este año ha venido muy malo por la acusada sequía. No se ha llegado a segar. El heno se aprovecha a diente sobre el campo. Este año, habrá que comprar el forraje.

Criaba unas vacas de capa marrón rojizo, de raza para mí desconocida. Otras eran charolesas, de color blanco. Pero las más eran negras avileñas. Las que producen el famoso chuletón de Ávila. 

Me hablaba con pasión de la gran calidad de la carne que producía y se interesaba por el vacuno que consumíamos en Aragón. Vengo de un pueblo de Teruel donde las vacas de carne son una rareza y se crían en intensivo. Se interesaba por abrir nuevas líneas de comercialización. Teruel no es el mejor mercado, estamos cuatro y el de la guitarra, y tenemos un excelente cordero, además del porcino. Ellos suministran a varias carnicerías selectas de la ciudad, esas que pagan bien por la carne de calidad. Pero estas no son suficientes para dar salida a toda su producción. Algunos años las han vendido a Mercadona, pero esta cadena compra a unos precios bajos para la calidad del producto, vendiendo esta ternera junto a carnes de una calidad muy inferior. Si pueden, ya no repiten.


Me invitó a entrar a la finca para mostrarme mejor los árboles y sus cuidados. 

Me hablaba de la belleza del paisaje de la dehesa. "Somos privilegiados por trabajar aquí" apuntaba ...


Me llevó a visitar el cubierto donde se criaban los terneros. Lo había construido este año. "Siempre hay que hacer inversiones", me apuntaba. Traslucía satisfacción y orgullo por su trabajo.


Eran los terneros que, tras seis meses de alimentarse de la madre, engordaban a base de harina de cebada, maíz y soja antes de ser vendidos para su sacrificio. 

Le pregunté si aún realizaban la trashumancia. Me comentó que ellos no la hacían. Esa práctica era más habitual entre los ganaderos de los pueblos altos de la sierra de Béjar pues allí los pastos se cubrían por la nieve en los meses de invierno.

Volvimos a mi terreno. Le pregunté por la poda de los marojos. En rigor, no eran árboles trasmochos pero sí árboles de poda ("working trees", que dice Ted Green). Tenían la misma utilidad que los fresnos trasmochos. Se tiraban las ramas para ofrecer hoja a las vacas en épocas de necesidad. Pero seguían diferente manejo. Se cortaban todas las ramas salvo dos o tres vigorosas, tanto de posición vertical como horizontal, desde las que crecían nuevos brotes, cortándose con el tiempo el extremo de las ramas mantenidas.


Me comentó que a los guardas forestales no les gustaba esta poda, lo que contrariaba a los mayores de la zona que lo venían haciendo desde hace siglos. Desvinculaba la presencia del "gusano grande y blanco que vive en la madera y arruina a los robles" con la poda. La plaga de Cerambyx cerdo y de C. welensii que afecta a encinas y robles en las dehesas castellanas. Él reconocía que a los robles no les conviene hacer cortes de gran diámetro, pues favorecen la pudrición y la entrada del gusano.


Mientras tanto, y al calor de la incidencia de la plaga de estos coleópteros, hay un encendido debate sobre las ventajas y los inconvenientes de la poda de los robles en Castilla y León entre los gestores, los ganaderos y los conservacionistas.

Las abubillas y, sobre todo, los rabilargos eran comunes en esta dehesa. Me hablaba José Antonio de "un pájaro azul, la carraca le llaman, que cría en los huecos de los árboles. Teníamos en la finca una pareja pero ya no se ve desde hace cuatro años". Lo decían con pena, sentido.

Llevábamos casi una hora hablando pero para mí fue un instante. Él tenía quehaceres y se hubiera quedado gustoso. Yo, que viajar hacia el oeste. Y también me hubiera quedado más rato. ¡Cuánto alimenta aprender de estos maestros!

Me ofreció seguir en la finca, dejando la puerta bien cerrada. Estuve un poco más y marché. El sol estaba muy alto. No daba tregua. Las vacas buscaban refugio. No era el mejor momento del día para andar la dehesa. Era el momento de marchar.


Volví tomando fotos al ritmo de un par de senderistas que iban recorriendo el Camino Real. Al poco de incorporarme a la carretera y tomar dirección hacia la sierra de Francia, me crucé con la Cañada Real Soriana Occidental ...


Una vía pecuaria que conecta la cordillera Ibérica en su sector de Soria con las dehesas del norte de Badajoz, pasando por Segovia, Ávila, Salamanca y Cáceres recorriendo la cara norte del Sistema Central al que, precisamente, cruza a su paso por Béjar. En este mapa tomado de Wikipedia, es la ruta número 8 (en morado)


Uno entiende el fuerte vínculo cultural que se ha trabado entre los castellanos a través de este viaje que, cada año, realizaban dos veces ganados y ganaderos desde el siglo XII.

Me subí al coche, pensando en estos paisajes, en estos viejos árboles, en estos ecosistemas, en esta sabia cultura que ha producido alimento sin deteriorar sustancialmente los recursos.

En los restaurantes nunca he sido muy de chuletón, esa pieza de carne que parece reservada a los hombres muy hombres y que hay que pedir enfáticamente al camarero: 

- Yo, un chuletónnnnnnn .... Si, así, con varias enes.

Pero, después de este viaje, debo reconocer que cuando vea un chuletón lo haré con otros ojos. Con los ojos de lo aprendido con José Antonio, el amable ganadero del valle del Sangusín y con el del paisaje único que encierran estas dehesas de fresno y roble. Eso sí, si lo pido, lo haré con una ene.

5 comentarios:

FRANCISCO TORNERO IRANZO dijo...

Muy interesante la entrada sobre la gestión de las dehesas salmantinas

Chabier dijo...

Muchas gracias, Francisco. ¡Un saludo!

Susana Dominguez Lerena dijo...

Preciosa cronica Chabier!!

ales cantero dijo...

Un viaje bien aprovechado. Sí señor

Chabier dijo...

Gracias, Susana. Gracias, Alejandro. Al final, los fresnos trasmochos estaban en la vertiente de la sierra Béjar, pero en las partes bajas. Aunque a las altas no llegue a subir. Igual también hay.